Desde el Renacimiento, las colecciones de historia natural han conservado muestras en los célebres “gabinetes de curiosidades”: objetos minerales y organismos preservados en vitrinas o frascos. Sin embargo, el gran tesoro no siempre está a la vista: innumerables especímenes guardados en cajas y etiquetados con fecha, lugar y responsable de su obtención o determinación. Desde minerales y fósiles hasta musgos, plantas y animales de diverso tamaño, estos acervos resguardan una fracción de la riqueza biológica del planeta. Son, en la práctica, una máquina del tiempo que permite conocer el pasado para comprender el presente y proyectar el futuro.
La conservación de estos materiales ha estado históricamente a cargo de los museos. En Chile, el Museo Nacional de Historia Natural —uno de los más antiguos de América— es depositario del patrimonio natural y cultural del país. Desde mediados del siglo XX, varias universidades también formaron colecciones biológicas con fines docentes, que con el tiempo se transformaron en un legado regional, nacional e internacional por su volumen y, sobre todo, por su valor científico. Muchas albergan especies únicas, coherentes con el alto grado de endemismo de Chile.
En este contexto, el Instituto de Biología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) conserva un patrimonio de valor incalculable —en gran medida desconocido— compuesto por colecciones que representan la particular biodiversidad de Chile.
Con la llegada del profesor Otto Zöllner (1909–2007), a cargo del Laboratorio de Fanerogamia, se inicia la colección de plantas vasculares chilenas (pteridófitas, gimnospermas y angiospermas). Zöllner publicó 30 estudios científicos y en su honor se dedicaron seis especies con el epíteto zoellneri y un género: Zoellnerallium.
En 1956, con 21 años, Haroldo Toro (1934–2002) llega al Instituto como Profesor Titular de Zoología y crea el Laboratorio de Zoología, núcleo que originó la Colección de Abejas Nativas y Silvestres de Chile —la más grande del país y una de las más relevantes de Latinoamérica.
A lo largo de 45 años de labor académica, el profesor Toro formó equipos con estudiantes y pares. Entre ellas, la Dra. Luisa Ruz (1940) investigó los Panurginae (Andrenidae) y continúa honoríficamente a cargo de la Colección de Abejas de la PUCV.
Con la creación del Campus Curauma (2009), el Instituto de Biología y sus laboratorios se trasladan desde la Casa Central de Valparaíso. En las nuevas dependencias surge la Sala Museo, que alberga las colecciones de invertebrados y vertebrados, con origen en el Laboratorio de Zoología.
Ubicación: segundo piso del edificio de la Facultad de Ciencias.
Rol: docente y de vinculación con el medio, con alta afluencia de estudiantes de Enseñanza Básica y Media.
Exposición permanente: 130 aves embalsamadas, 19 mamíferos taxidermizados, cerca de 100 cajas entomológicas y más de 500 frascos con líquidos preservantes (invertebrados y vertebrados).
Aportes históricos destacados
Actualmente se ejecutan diagnósticos de las colecciones —en su mayoría alojadas en la Sala Museo— para conocer su estado cualitativo y cuantitativo. Esto permitirá definir acciones curatoriales de prevención y conservación más precisas.
Mantener la calidad de una colección exige trabajo profesional para evitar deterioros por uso inadecuado, paso del tiempo y plagas. El Instituto ha definido una línea de curaduría para preservar miles de especímenes, muchos recolectados desde inicios del siglo XX. Estos materiales, testigos de la biodiversidad pasada, permiten cuantificar el impacto humano sobre los ecosistemas. Varios ejemplares corresponden a poblaciones localmente extintas, elevando su valor patrimonial más allá de cualquier cuantificación monetaria. Sus datos posibilitan entender cómo el cambio de uso de suelo, la sobreexplotación, las especies invasoras y el cambio climático alteran las dinámicas ecoevolutivas en un territorio con carácter de isla biogeográfica dentro de Sudamérica.












Las colecciones han sido fundamentales en docencia por décadas, pero comparten desafíos globales: falta de financiamiento, escasez de expertos y brecha digital. Su rol social en la divulgación del conocimiento refuerza la urgencia de poner en valor y fortalecer este patrimonio.
Se requiere infraestructura y personal calificado para garantizar el mantenimiento de los especímenes y el acceso abierto a la información, permitiendo que las colecciones sigan siendo fuente de conocimiento (publicaciones, tesis, proyectos) y que incorporen nuevos ingresos. En esta línea, el Instituto ha contratado como Curador de las Colecciones Biológicas a Christian Jofré‑Pérez, con trayectoria en Entomología y fauna silvestre.
Desde 2021 avanza la digitalización de las colecciones para transformar los datos de registro en una herramienta dinámica de investigación, siguiendo los principios FAIR (findable, accessible, interoperable, reusable). Este proceso, a cargo de Manuel López, facilita el acceso global y la integración inmediata con otras colecciones para analizar patrones a múltiples escalas temporales y espaciales.
La PUCV lidera a nivel nacional la publicación de registros digitalizados mediante un convenio con el Ministerio del Medio Ambiente para incorporar la información en el Global Biodiversity Information Facility (GBIF).
Accesos directos:
Las colecciones biológicas son hoy clave para responder preguntas y desafíos en ciencias ecológicas. Los especímenes conservados nos informan del pasado y ayudan a proyectar escenarios futuros. Es esencial comprender su valor y fortalecer su funcionamiento, incorporando aproximaciones informáticas y moleculares que permitan aprovechar al máximo el material existente y el que se incorpore, al servicio de la docencia, investigación y vinculación con el medio.
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